NC Catholics April 2012 : Page 23

Esa dos relaciones han sido clave para que él permanezca so-brio, dice Jim (no es su nombre real), un alcohólico en recuper-ación por cuatro años. Criado católico, Jim bebía demasiado entre su adolescencia y sus veintes. “No es inusual para mucha gente joven”, dice él, “pero llegó el momento cuando descubrí que no podía dejar de beber”. Jim recuerda los años en Florida cuando bebía alcohol, como un tiempo de soledad y egoísmo. “No tenia espiritualidad y no trataba a la gente con más dignidad que la que yo mismo me daba”, dice él. “Perdí el orgullo, a mis amigos y a mi familia. Pero aun así, estaba en negación. Por un tiempo, me decía a mi mismo que yo podía controlar el alcohol, porque yo podía dejar de beber por una semana, por un mes o por varios meses”. Los problemas relacionados con el abuso de alcohol termi-naron por llevarlo a un programa de recuperación. “Cuando salí de ese lugar, creía que ya estaba recuperado. Solo duró un mes y medio”. Finalmente, dice Jim, usando una frase muy común en aquellos que asisten a AA, “se enfermó y se cansó de sentirse mal y cansado”. Después, explica, “tuve increíblemente suerte. Tenía la oportunidad de cambiar de gente, lugares y cosas al venir a Wilmington. Tan pronto llegué aquí comencé a asistir a la Iglesia St. Mary. Participé como ujier, y comencé como voluntario en el ministerio de ayuda y en un programa espiritual de la iglesia”. Desde que Jim llegó a Wilmington volvió a conectarse con la familia y comenzó su propio ministerio. Tiene un círculo de amigos y es mentor para aquellas personas que buscan la sobriedad. “Tuve suerte”, dice él, “y tengo la responsabilidad de devolver algo”. Jim no se ilusiona, con respecto a su enfermedad. “Tengo que trabajar en mi carácter individual un día a la vez. Estar donde estoy ahora es el resultado de más de tres años de constante de-voción a estos principios espirituales [de AA]. Estoy sobrio, pero es una batalla constante para terminar con el Jim de antes, con el comportamiento de antes y el proceso de pensamiento en el que estaba tan arraigado hace treinta y tantos años. Los elementos más cruciales en la recuperación de Jim, dice él, son el rendimiento espiritual y la conexión social. Como dice él, “La oración, meditación, dando y poner a otros primero”. “Primero que nada”, dice él, “Me rindo ante un poder Superior y dejo que Él me dirija. Yo no estoy a cargo. Lo otro es huir de mí mismo. Tengo a dos o tres personas debajo de mis alas, y es un gran regalo poder enseñarles algunos de los principios y mostrar algunas opciones saludables, tal vez darles esperanzas. Y con respecto a mi ministerio paso mucho tiempo ayudando a la gente. Me siento mejor que antes”. Diego (no es su nombre real) llegó de México a los Estados Unidos cuando era un adolescente. Su plan era trabajar y enviar dinero a sus padres, que eran muy pobres. Poco después de comenzar a trabajar empezó a beber alcohol. “Al principio fue divertido”, dice él. “Me hacía sentir que pertenecía a algo. Pero muchas cosas no las veía. Este hombre al que yo creía modelo a seguir, se presentaba cada viernes por la noche. ‘Hey amigo’, me decía, después de venderme marihuana se desaparecía, hasta el próximo día de pago. Pero yo estaba ciego”. “No estaba tan involucrado en drogas pero sí en el alcohol. Más y más. Mi madre me escribía cartas, nunca para pedirme dinero, pero tú sabes mencionaba que la situación con ellos estaba difícil. Respondía a sus cartas y le decía, ‘Lo siento, tengo que pagar mis cuentas, la renta de la casa y otras cosas más. Pero era mentira. Todo el dinero se iba en alcohol”. Mientras Diego habla del pasado, es evidente que aun siente dolor recordando cómo se comportó. Diego comenzó a trabajar en un restaurante. “Cuando cer-rábamos el lugar todos nos íbamos a beber toda la noche y me embriagaba, pero creía que yo tenía el control. Recuerdo una noche cuando un chico se quedó dormido ebrio sobre la mesa, se le acercó una persona y registro las bolsas del pantalón para robarlo. Le dije a mi amigo si eso me llega a suceder a mi dejo de beber. Y si pasó. No me robaron, pero me pasó lo mismo que a ese muchacho. Y mentiras, no dejé de beber. “La adicción fue empeorando y mi vida iba oscureciéndose. Hacía cosas cuando estaba ebrio y al otro día no recordaba nada. Finalmente decidí dejar de beber. Dejé de hacerlo. Pero mi estado mental ya estaba hecho un desorden. Acudí a una conse-jera, decidí regresar a la escuela. Obtuve mi GED (por sus siglas en inglés), y asistí a una escuela técnica. Económicamente estaba mucho mejor, pero mis emociones no estaban en orden. Llegué a pensar en el suicidio. “Cuando contraje matrimonio y formé una familia fue más difícil. A veces no podía lidiar con mis hijos, especialmente en la edad de su adolescencia. Cuando llegaba del trabajo a casa la familia me evitaba. Eso me lastimaba. Pero yo creía que ellos eran los del problema. No me daba cuenta que del problema era yo”. Finalmente Diego regresó con un consejero, quien le sugirió que asistiera a AA. Era un lugar acogedor, pero mi ego se había inflado. Yo era el más educado de todos. Tenía casa, auto y me sentía superior a los demás. Aun no conocía los Pasos, cuando comencé a juzgar a los demás. Pensé, ‘yo no pertenezco aquí con estos hombres’. El hombre que coordinaba la reunión era alguien que yo conocía y apenas podía leer. Cuando fue mi turno de hablar-se supone que eres libre de decir lo que sientes-así que me dirigí al hombre con malas palabras”. Diego tenía que pausar por un momento para recuperar sus emociones. “Y ese hombre”, dice finalmente, ese hombre fue el que más me enseñó”. Mientras Diego profundizaba más en el programa, regresó a la Iglesia: “había estado lejos de Dios. AA me ayudó a recordar que yo necesitaba a Dios”. Como los Apóstoles después de la Resurrección, aceptó la responsabilidad de compartir con los demás el mensaje que lo había rescatado. “Ahora no se trata de asistir a AA”, dice él, “se trata de a quien le puedo ayudar. A veces viajo tan lejos, como a Raleigh, para reunirme con alguien”. “Mi niña más pequeña, 11, estuvo en un festival hace un tiempo atrás y una señora le preguntó, ‘¿Qué hace tu papá?’ Dijo ella, ‘Él salva vidas’. Ahora digo yo, Sí, salvo vidas. Pero en realidad estoy salvando mí propia vida”. Por Rich Reece | Fotografías por EW Photography

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